

Hay noches en las que el fútbol deja de ser un deporte táctico para convertirse en un ritual colectivo de gratitud. El césped del Estadio Más Monumental, testigo de tantas jornadas épicas y de algunas de las mayores alegrías de la Selección Argentina, fue escenario de la última gran función de Lionel Andrés Messi con la camiseta albiceleste en suelo patrio. Una noche en la que las 85.000 almas presentes en Núñez y los millones que lo siguieron a través de la televisión entendieron que no estaban presenciando un partido más, sino el cierre definitivo de una era irrepetible.
​Desde varias horas antes del silbato inicial, las inmediaciones de la cancha de River Plate respiraban una atmósfera de fiesta y nostalgia anticipada. Banderas con la figura del '10', camisetas con las tres estrellas doradas sobre el pecho y cánticos que resonaban desde el Puente Labruna hasta la avenida Udaondo marcaban el pulso de una cita histórica. No importaba el rival, la verdadera razón de estar allí era decir "gracias" al hombre que cambió para siempre la historia del fútbol argentino.
Fiesta completa ante Benín: función de gala del '10'
​Aunque lo emotivo acaparaba todos los reflectores, sobre el verde césped, Messi se encargó de firmar una actuación memorable a la altura de su leyenda. Tras una primera mitad trabada en la que el portero rival e incluso el poste le negaron el gol, la Selección Argentina desató su pegada en el segundo tiempo. A los 48 minutos, un centro preciso de Messi desde el córner encontró a Nicolás Otamendi para abrir la cuenta. Poco después, a los 61', el capitán frotó la lámpara con un nuevo pase gol para que Nico Paz estirara la ventaja. La guinda del pastel llegó a los 71 minutos desde el punto penalti: ejecutor perfecto para marcar el 3-0 definitivo, su gol número 126 con la Albiceleste, desatando la locura en las tribunas.
La ovación eterna y el legado indestructible
​El momento cumbre llegó cuando el reloj dictaminó el final. Cuando la pelota dejó de rodar, la emoción contenida estalló en las cuatro tribunas del recinto. Con las luces del estadio atenuadas y miles de pantallas de teléfonos encendidas creando un firmamento artificial, Messi caminó despacio hacia el centro del campo, visiblemente conmovido, para recibir el tributo de su gente.
​Acompañado por su familia y por un plantel que lo rodeó como la guardia de honor que siempre fue, el capitán escuchó por última vez en ese escenario el atronador "¡Meeeessi, Meeeessi!" que durante más de dos décadas se convirtió en el himno indiscutido del hincha argentino. Las lágrimas de los presentes, desde los niños que solo lo conocieron como campeón del mundo hasta los veteranos que vieron su debut hace más de veinte años, reflejaban el impacto transversal de su figura.
​Argentina no solo despidió a su mejor futbolista de todos los tiempos; despidió al símbolo de la perseverancia, al chico de Rosario que superó cada adversidad hasta alcanzar la gloria máxima. El Más Monumental fue el epílogo perfecto para un romance que costó afianzar, pero que se convirtió en eterno. Lionel Andrés Messi se marcha del escenario nacional, pero su leyenda ya quedó grabada a fuego en la memoria de todo un país.


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